San Buenaventura, Coahuila

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Panteón “El Refugio”.

 Un refugio y eterno descanso para los Sambueneses.

Por: Horacio Domínguez Lara

Los Antiguos Cementerios y la ecología.

La muerte como símbolo universal, por siempre ha generado un culto muy particular, por ejemplo los antiguos romanos, judíos, egipcios, chinos y culturas legendarias, veían a los Panteones o Necrópolis como sitios de gran contagio, por lo que estos lugares eran establecidos muy fuera de sus ciudades, contrario a los primeros Cristianos a quienes en sus iniciaciones les tenían prohibido practicar su religión y eran perseguidos con crueldad. Estos enterraban a sus muertos en tumbas comunes, cuevas, casas o lugares de reunión o adoración. Aún muchos años después cuando ya tuvieron plena libertad de culto, esta tradición de sepultar a sus muertos continuó en las iglesias y campos adyacentes (Camposantos) los cuales posteriormente se convirtieron en los tradicionales Cementerios, palabra tomada del griego ( koimeterion) que significa, "lugar de reposo".

Al extenderse el Cristianismo crecieron las iglesias con sus tumbas, nichos y mausoleos. Y muchas de las plagas y contagios que azotaron particularmente Europa en la Edad Media tuvieron sus orígenes precisamente en estos lugares cristianos, los cuales se volvieron verdaderos focos de infección.

En el Nuevo Mundo los mayas y los aztecas practicaban dos clases de ritos funerarios; la cremación (guerreros) y el entierro, este último sólo a los que morían ahogados, fulminados por un rayo, de reumatismo, leprosos y las mujeres muertas en parto. Al igual que los conquistadores españoles muchas de estas tumbas Aztecas se realizaban en simples hoyos

en la tierra sin ninguna obra que los delimitara, mientras que las cámaras mortuorias y sarcófagos encontrados en algunas construcciones eran solamente dedicadas a Reyes, hombres ilustres o ricos.

 

La Iglesia y los Cementerios.

Desde la época de los misioneros del Clero regular la costumbre popular de sepultar a los cristianos o indígenas convertidos, se realizaba en el interior de la iglesia o en la parte trasera de la misma. Posteriormente a los sacerdotes de Clero Secular nombrados por el Rey les fue asignada la tarea de dar cristiana sepultura, generando con esto un estipendio o cobro por este hecho, el cual era anotado en el “Libro de Defunción o de Entierros”.

Debido a la cercanía de los cementerios de las iglesias o misiones con la población, y a causa de brotes de infección en algunos lugares particularmente húmedos, en 1789 el Virrey Juan Vicente de Güémez Padilla Horcasitas y Aguayo un hombre muy activo e inteligente, ordenó que los cementerios fueran trasladados fuera de las poblaciones, debido a este ordenamiento el Virrey tuvo grandes disgustos con el clero y los ayuntamientos por tal medida.

Aunque los Panteones comunitarios fueron sacados de los pueblos, sin embargo se seguía inhumando a algunos fieles privilegiados en las iglesias o camposantos.

Es hasta las Leyes de Reforma cuando el Lic. Benito Juárez decreta la Secularización de los cementerios (31 de julio de 1859) en la que se dicta lo siguiente:

“Art 1° Cesa en toda la República la intervención que en la economía de los cementerios, campos santos, panteones y bóvedas o criptas mortuorias ha tenido hasta hoy el clero, así secular como regular. Todos los lugares que sirven actualmente para dar sepultura, aun las bóvedas de las iglesias catedrales y de los monasterios de señoras, quedan bajo la inmediata inspección de la autoridad civil, sin el conocimiento de que los funcionarios no podrán hacer ninguna inhumación. Se renueva la prohibición de inhumar cadáveres en los templos”.

Defunción de Emilio Macías 1908

Cementerios en San Buenaventura .

A partir su fundación en el año de 1748 ya como un pueblo, dentro del repartimiento de tierras se consideró el espacio para la construcción de una iglesia y su potencial cementerio, sin embargo dado que San Buenaventura dependía eclesiásticamente de la vicaría de la misión de Santa Rosa de los Nadadores, quienes morían en San Buenaventura o sus haciendas tenían que ser llevados a sepultar al panteón de aquella localidad, el cual se encontraba localizado a espaldas de la Iglesia de “Nuestra Señora de la Victoria”.

De acuerdo a los Libros de Entierros de la Misión de Santa Rosa de Lucas Martínez Sánchez y Plácido Peña Cervantes, el 12 de Septiembre de 1794 se da por primera vez cristiana sepultura en la iglesia de San Buenaventura a Bárbara de la Garza viuda. En fábrica de veinte reales, por el párroco Don José María Galindo Sánchez-Navarro del curato de Nadadores que se traslada a San Buenaventura e inician las primeras inhumaciones en la antigua iglesia de San Buenaventura, años más tarde se construye el primero de tres cementerios con que se ha contado en toda su historia. Este primer cementerio fue localizado en las “afueras” de pueblo hacia lado norte por la antigua calle Real, hoy Hidalgo, entre las calles Ocampo y Reforma ocupando parte de la actual Escuela “Gral. Lucio Blanco”. Ahí estuvo por muchos años hasta la construcción de un segundo Panteón, localizado en la parte oriente de la población, al finalizar la calle Zaragoza entre las calles Matamoros y la Carretera Federal 30, actual campo de fútbol “La Curva”, el cual debido al trazo y construcción de la Carretera 30 en el año de 1948, ésta quedó prácticamente sobre el Panteón, obligando con ello a la construcción de uno más moderno en los límites de San Buenaventura y Nadadores al sureste, por el antiguo Camino Real que pasaba por la hacienda “El Cedral” que llegaba hasta Estación Monclova, hoy Cd. Frontera, al que se le llamó “Panteón del Refugio” .

Dado que en San Buenaventura existían algunas haciendas de gran tamaño como Santa Gertrudis, Rancho Viejo, San Blas, Sardinas, San Miguel, Las Mancas, El Cedral, Los Maicotte, Molino de los Thomae... y considerando que el traslado de los difuntos a la cabecera religiosa se hacía muy penoso, a veces por el mismo estado de los difuntos, algunas de estas haciendas contaban con cementerios particulares autorizados por la propia iglesia, con la condicionante que se registrase el deceso y su estipendio por los Rosarios y la “cristiana sepultura” a la iglesia que pertenecía.

Un cementerio moderno y un eterno “Refugio” para los Sambueneses.

El Panteón del Refugio fue abierto por el Presidente municipal en turno Don Félix Flores Willars en el año de 1948, con el traslado muchas de las osamentas que residieron en el antiguo Panteón Municipal de la calle Zaragoza, Campo de futbol “La curva”.

Este panteón fue considerado para su época como uno de los más modernos, ya que contaba con múltiples y amplios corredores que permitían no sólo un flujo adecuado de personas el “Día de Finados”, sino una buena localización e identificación de las tumbas.

Sin embargo cuando estos espacios se fueron reduciendo y hubo la necesidad de incrementar el área, en el año de 1974 el cementerio actual fue ampliado hacia el lado norte, rumbo a la acequia de la Saca de Bucareli que por muchos años ha suministrado el agua para la limpieza de lápidas y riego de las flores y tumbas de tierra.

Recientemente ya en el año 2000 se abre una nueva área para la ampliación del cementerio hacia el frente, al lugar que por años fue utilizado como aparcamiento de carromatos, guayines, monturas, y automóviles, así como mercado de las típicas vendutas de día de muertos y que servirá como eterno descanso para las futuras generaciones de Sambueneses.

Sepelio en San Buenaventura 1906

Mis recuerdos del día de muertos y el Panteón.

Año con año después de concluidas las ferias al Santo Patrono (en el mes de Julio), inmediatamente se iniciaban los preparativos para la conmemoración del día de Todos los Santos y de los Santos difuntos, para el 1 y 2 de Noviembre. El proceso comenzaba haciendo cuentas mentales de los muertos a festejar; ..2 para los abuelos, ..3 para los hermanos, ..una para el padre, ..5 para las tías, etc….

Se apartaba un espacio bien sea en la parcela o el solar para sembrar las “flores de día de muertos”. El vistoso y clásico, cempoal o cempasúchil, la resistente y austera mano de León, las siempre elegantes Margaritas y los multicolores Crisantemos.

Por otra parte se emprendía la adquisición de los materiales para la preparación de las tradicionales "coronas" a base de papel las que consistían de:

Una armazón para la corona: alambre recocido, carrizo, papel crepe, papel celofán, Cartoncillo, papel de china, etc.

Para la flores: Papel crepe de todos colores, alambre acerado, parafina para recubrir, Papel de china de todos colores y pintura de agua,

Para las Hojas: Papel Cartoncillo, pintura anilina verde en polvo, cera para cubrir las hojas, plancha para el estampado en cliente, alambre acerado, papel crepe verde para el tallo

Adquirido el material durante varias semanas en las principales tiendas de la localidad como: La de Don Luis Almaraz, La Unión Mercantil, la de Don José de Hoyos o en varias tiendas de Monclova o Frontera se iniciaba el largo proceso de fabricación.

Una vez concluidas los quehaceres diarios de la casa, a eso de las 8 de la noche a la luz de lámparas de petróleo, se iniciaba el tedioso proceso de aleccionar a los primerizos sobre la artesanía del  armado de las coronas:

1º El recortar la flores y hojas..- En el fondo secreto de las antiguas castañas se guardaban con un gran hermetismo los antiguos patrones u hormas que se utilizaban para ir copiando en cada pliego de papel cartoncillo, estraza, crepe, etc el diseño favorito pasado de generación en generación. Realizados los cientos de dibujos requeridos, posteriormente eran recortados uno a uno pacientemente. Y de nuevo los modelos eran ocultados celosamente hasta el próximo año en el baúl de la abuela.

La actividad de dibujar el patrón era realizada por aquellos que tenía mucha afición por el arte. El recortar las flores y hojas lo realizábamos todos mayores de 7 años con tijera en mano, las cuales tenían que ser afiladas por el afilador de oficio y su clásico pitillo en forma de flauta o quena.

2º Pintura y estampado de hojas y flores.- Ya con los cientos de recortes de los pétalos y hojas venia el proceso de pintado con anilina en agua, el cual consistía en preparar en un bandeja galvanizada de poca profundidad cada uno de los colores de la pintura y sumergir por unos segundos los recortes, se sacudían para quitar el exceso de agua o tinta y se colocaba en una lona extendida para el secado al sol por uno o varios días.

Posteriormente venia el proceso de estampado en caliente que consistía en dar la forma o relieve a cada pétalo u hoja, un proceso delicado ya que implicaba calentar la parte superior de la horma. Se colocaba la plantilla de la hoja ya pintada en el molde inferior y se comprima con toda la fuerza con el complemento de la horma hasta grabar las vetas y tallos de la hoja,

3º El Encerado y formación de la corona.- El proceso de encerado era para resaltar los colores de las hojas y de las flores, además de proteger contra la lluvia y la pronta decoloración por la acción del sol.

Al igual que el proceso anterior requería de supervisión de una persona mayor, ya que en un Acero (sartén de fierro vaciado) se calentaba la parafina o cera (hasta licuarla), y una a una cada plantilla pintada y estampada se introducían al baño de parafina caliente para recibir por ambos lados una finísima capa de cerote que la hacía brillar y dar un colorido muy característico.

El armando de los ramos de flores y las hojas era competencia de la gente con mayor experiencia, a nosotros los menores nos dejaban la tarea de cortar el delgado alambre acerado, que simulaban los “tallos de las hojas” los que se recubrían con papel crepe verde para representar la rama de la hoja.

El armazón circular de la coronas correspondía a los hombres de la casa, primero con el corte de carrizos verdes en las acequias cercanas o el río Nadadores, pelado y cortado en tiras de mas o menos una media pulgada de ancho se doblaban “en verde” y ataban con alambre recocido para ir dando la forma circular de media esfera, a manera de un tercio de globo terráqueo con paralelos y meridianos también de carrizo, donde se ataban las flores y hojas. Todos los carrizos y alambres eran recubiertos con papel crepe de colores para una mejor presentación.

Una vez armada la corona con las flores y hojas, por la parte delantera iba forrada con papel celofán transparente para protección y por la parte trasera se sellaba con papel cartoncillo, de la que sobresalía solo un tirante de alambre para transportarse y colgarse en la tumba.

Los trabajos de la manufactura de coronas de papel concluía al menos una semana antes de los festejos del día de todos los santos y en algunas ocasiones las coronas permanecían hasta un mes colgadas en lo más alto del techo de la recamara.

Preparativos para el festejo.

Las flores se empezaban a recoger uno o dos días antes de la celebración y se colocaban en grande baños con agua de preferencia en algún cuarto oscuro o un cobertizo hecho de quiotes con lonas mojadas para que no se marchitaran.

El día primero de noviembre nos levantábamos muy temprano, y cada quien tomaba un ramo de flores como ofrenda para ir a la misa de 7 de la mañana y festejar el día de todos los Santos, muy particularmente a los niños que habían muerto por alguna enfermedad.

Regresábamos a almorzar a casa para tomar fuerzas y las herramientas como; el azadón, la escoba, brocha y pintura, los cedrones, etc. y trasladarnos al cementerio para “arreglar” las sepulturas.

El viaje se hacía lentamente en “express” con todos los implementos y masticando una caña de castilla, se llegaba después de medio día y e iniciaban los trabajos desyerbando los pasillos de acceso a las tumbas.

Quizás la parte más pesada era la de acarrear el agua desde la acequia de la saca de Bucareli para regar y “pulir” (con el mismo lodo) la tumba. Un trabajo que me gustaba mucho era la de pintar la cruz o retocar las letras inscritas en la lápidas, ya años después me gane algunos pesos desarrollando esta actividad en ese día.

Concluidas las labores de limpieza ya casi al atardecer, las gentes de edad se ponían a platicar tratando de recordar las fechas de defunción de todos y cada uno de sus muertitos, los hechos o sucesos con lujo de detalle de su muerte. Mientras que a los “Menores” nos mandaban a recoger algunas varas o leños para calentar tamales o asar algunos elotes.

Llegábamos casi oscureciendo a la casa solo para cenar, y a dormir temprano que otro día había que levantarse bastante temprano.

El día 2 de los muertos.

El día iniciaba a eso de las 3 de la mañana, con la preparación de la comida para el festejo: Unos taquitos de chorizo con huevo para el almuerzo. Una sopa de arroz, carne con chile y frijoles refritos para la comida y empanadas de calabaza o de piloncillo con nuez para la merienda, todo el banquete en el mismísimo cementerio.

El acomodo de los baños de flores, las coronas de papel, las cobijas para resguardarse del frío o del sol a mediodía, 2 o 3 quiotes para el cobertizo, las veladoras, El rosario, la leña, el libro de cánticos, la barrica de agua del puerto, la escoba, el trapeador, el tripie, los platos, y hasta el papel periódico, etc. Todo esto debería ir en su lugar

La salida invariablemente era a las 4 y media, para llegar alrededor de las 5 de la mañana, en la que empezaba a haber los primeros movimientos en el panteón.

La llegada al panteón era en completa oscuridad y en algunas ocasiones con un viento fresco, que congelaban las manos y la cara. Al fondo solo se percibían algunas fogatas, de aquellos pequeños vendedores que aprovechaban aquellos que llegaban temprano para ofrecer sus vendutas como: Doña Felipa, con su mesa de tamales y su olla-tinaja de café de grano, Don Manuel Pérez con sus naranjas, cañas y dulces de coco que empezaba a instalar su carpa de carrizo y lonas, el restaurante de la “Totacha” (Don Carlos) y sus deliciosos tacos enrollados de picadillo con papa y tortas de tatema, Así como múltiples vendedores de Menudo y sus negras ollas ahumadas hirviendo, de donde se escapaba el clásico olor a orégano y listos para servir el apetitoso caldo colorado en sus tradicionales platos hondos de barro acompañado con bolillos.

Por todas partes se escuchaba el murmullo de un simple y afectuoso saludo como lo es:

¡Buenos Días!

y su amable respuesta de

¡Buenos Días le de Dios!.

Empezábamos a bajar del expresito con mucho cuidado todas las cosas y las íbamos acomodando a orillas de la barda que rodea el panteón, cercana a la tumba de nuestros seres queridos, ese vendría a ser nuestro alojamiento durante todo el día.

La primer actividad era la de ir a traer agua ala acequia para regar y llenar los botes o jarrones de las flores. Realizada la tarea se encendían algunas veladoras y rezaba el primer de 3 Rosarios que se invocaban durante el día (en la mañana, mediodía y al atardecer.).

Después del ejercicio y los rezos, llegaba la hora de almorzar los deliciosos tacos “paseados” de chorizo con huevo, acompañados con un delicioso café de la olla con leche de cabra endulzado con piloncillo.

Terminado el almuerzo a eso de las 8 de la mañana empezaba el peregrinaje por la diversas tumbas, bien sea para depositar una corona, rezar un padre nuestro, dejar un ramo de flores o simplemente para charlar con los familiares, que solo en esa ocasión tenían la oportunidad de los saludaban, bien sea por que veían de otras partes de México o del extranjero.

Los más pequeños nos distraíamos paseando entre las tumbas y dando lectura algunos de los epitafios que nos parecían muy interesantes como:

A media mañana pedíamos a nuestros parientes algún dinero para comprar algunos de los productos que más nos gustara como: Naranjas con chile piquín, barritas de coco, dulces de leche quemada, nogadas, palanquetas, cacahuates, conitos de leche, mueganos, manzanas acarameladas, agua fresca, elotes asados, etc.

Regresábamos con nuestros muertitos antes de que el sol estuviera en el cenit para el rezo del segundo rosario y recalentar nuestra comida, bien sea pidiendo permiso a quienes ya tenía la fogata o haciendo una lumbre a un costado del panteón con la leña que traíamos.

Por la tarde, la parte más pesada del evento, algunos aprovechaban para una ligera siesta, y unos más se iban a escuchar algunos conjuntos norteños que venían a entonar las canciones preferidas de algún difunto.

Otras personas empezaban a vender unas hojitas a la entrada del cementerio con las clásicas “Calaveras” de difuntos ( versos para los vivos) y que normalmente estaban dedicadas a los presidentes municipales o los tipos más populares del pueblo.

A eso de las 5 de la tarde se daba el último rosario y posteriormente la hora de la merienda, con su cafecito y las empanadas.

Se empezaba a recoger todas las cosas,  con la cara y el cabellos todo polveado, un semblante de cansancio y tristeza, se oraba un padre nuestro y haciendo la señal de la cruz se emprendía el viaje de regreso, al mundo de los vivos, de la rutina, del trato diario y a esperar las posadas y la época navideña.

 

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